Una peli en el cine siempre viene bien para desconectar del mundo real durante un par de horas. Como últimamente el mundo real está intratable, este fin de semana he necesitado doble ración.
Valkiria tiene, aunque parezca imposible, un atractivo similar a
Mi nombre es Harvey Milk: nos presentan un personaje y una historia que merecen ser conocidos. En este caso, el personaje es el coronel alemán Claus von Stauffenberg, interpretado por un Tom Cruise que hace lo que mejor se le da: capitanear la película sin tener que hacer gala de su (dudoso) talento interpretativo. En cuanto a la historia, se nos cuenta el más ambicioso intento de asesinato de Adolph Hitler por parte de miembros de su propio ejército, patriotas hastiados del rumbo suicida adoptado por su Führer. El director,
Bryan Singer, demuestra su buena mano para el suspense, aunque gigantes como Spielberg nos han malacostumbrado a pedir ese toque de sentimentalismo que, a decir verdad, ayudaría a sentir más apego por el destino de Stauffenberg. En resumen, Valkiria
no será la mejor película del año pero puede ser la mejor película de un vulgar sábado.

Bien diferente es
Revolutionary Road, la última gema de
Sam Mendes. El director inglés nos lleva a la América de los años 50, paraíso de los WASP (
White Anglo-Saxon and Protestant, Blanco Anglosajón y Protestante). Allí reune a la mítica pareja de
Titanic y vuelve a hundirlos, esta vez en las miserias de un matrimonio que ve cómo sus sueños de juventud fueron sustituidos por un trabajo alienante y una casita en un barrio residencial infestado de palurdos
middle class que no aspiran a nada que no sea un sueldo seguro, una cerveza fría y el estúpido serial del martes por la noche. En Vía Revolucionaria redescubrimos qué es eso de la química entre actores: creerte que se quieren y se odian de verdad, cosa que consiguen sobradamente Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, grandiosos en esta obra de teatro que parece una película que adapta una
novela.
Revolutionary Road es un licor amargo que se mezcla mal con los titulares de prensa y las colas del INEM, pero merece la pena ser sufrida y ser comentada, porque indudablemente al final de la cinta te preguntarás si tu vida va hacia el bohemio París del 55 o hacia el cubículo de 2x2 en un ceniciento edificio de oficinas. Recemos por que al menos haya una escala de grises entre ambas opciones.
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